26.02.2024 En esta cuaresma debemos cambiar nosotros mismos
Queridos lectores:
Seguimos transitando este camino cuaresmal, que nos va ayudando a cada uno de nosotros a poder cambiar nuestra forma de actuar y de pensar.
Una frase atribuida a León Tolstoi, un novelista ruso, considerado uno de los escritores más importantes de la literatura mundial dice: «Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo». ¡Gran paradoja! Frecuentemente nos quejamos por lo mal que está todo: el mundo, la sociedad, el país, las instituciones… la Iglesia. Y, sinceramente, a veces es cierto; pero la crítica la hacemos desde fuera, como si nosotros no perteneciéramos a esas realidades que tan mal funcionan y que tanto nos gustaría cambiar. La genialidad del novelista ruso consiste precisamente en hacernos ver que los hombres no somos ajenos a las realidades del mundo y que, si queremos que de verdad cambien, tenemos que empezar por cambiarnos a nosotros mismos, nuestro modo de pensar, de hablar, de actuar.
A ese cambio interior que nos afecta personalmente, la tradición de la Iglesia le llama «conversión», que literalmente significa «darse la vuelta», darle a tu vida un giro de ciento ochenta grados y empezar a ver las cosas desde otra perspectiva. Hablamos de conversión religiosa cuando una persona se incorpora a una religión que antes no practicaba, pero esta definición resulta muy restringida e insuficiente. En la Biblia aparecen grandes testimonios de conversión, como el que protagoniza el apóstol san Pablo; en la historia de la Iglesia y del pensamiento cristiano grandes personajes, desde importantes teólogos como san Agustín de Hipona o el santo cardenal John Henry Newman, hasta pensadores y filósofos contemporáneos como Paul Claudel o Manuel García Morente, han experimentado momentos fuertes de conversión.
El tiempo de Cuaresma es una invitación de la Iglesia a todos los fieles cristianos a la penitencia y a la conversión, según aquella otra frase que resume la predicación de Jesús: «Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos». Y no por masoquismo, sino porque sabemos que no siempre vivimos a la altura de nuestra fe y que necesitamos volvernos de nuevo a Dios y al prójimo. ¿Los medios? La oración, como diálogo con Dios de corazón a corazón, el ayuno y la austeridad entendida como autenticidad y libertad, y la limosna, caridad con el que está a nuestro lado.
Por último, de esta reflexión es importante destacar que hoy vivimos en el mundo de la imagen, lo que entra por la visión parece que tiene mucha fuerza: por ejemplo, en los anuncios publicitarios nos bombardean constantemente con imágenes espectaculares. Estamos tan atosigados por los estímulos visuales que a veces vivimos ciegos, confundidos; no sabemos discernir qué y para qué lo queremos hacer, y terminamos siendo esclavos de tales imágenes.
Sin embargo, la cultura de la imagen también tiene sus ventajas, pues dicen que una imagen vale más que mil palabras. Si logramos ordenar ese caos frenético social, gracias a la visión podemos representarnos el mundo exterior en nuestro interior, grabar imágenes en nuestra memoria e imaginar nuevas posibilidades, así como ofrecer una mirada limpia y bondadosa a los demás. En esta Cuaresma, toca preguntarnos por el sentido de lo que vemos con la vista física y, sobre todo, con nuestra vista espiritual: los «ojos del alma».
La Cuaresma es un tiempo oportuno para decir adiós a nuestra ceguera espiritual. Por su palabra, Dios nos ofrece iluminación abundante: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero (Sal 119). Sin embargo, dejar la ceguera a un lado también nos compromete: el ciego, cuando finalmente ve, ya no es el mismo, sino una nueva criatura. Habitar en la luz es dejarse guiar por la gracia de Dios: ese don que nos permite participar en la luz de Cristo y ofrecer esa misma luz a los demás: Ustedes son la luz del mundo (Mt 5, 17). Todos estamos llamados a dejar la ceguera y habitar en la luz divina. Que Dios los bendiga y que tengan buena semana. No dejen de rezar por mi.
