Toto Lezcano Bonilla: cuando el corazón vuelve a latir y la vida da otra oportunidad 

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DIEGO LESCANO

Diego Lescano

Por Karina Núñez

Diego «Toto» Lezcano Bonilla nació el 17 de setiembre de 2003 en la ciudad de Minas, en el seno de una familia sencilla, unida y trabajadora. Creció junto a su mamá, su hermana Agustina y su hermano menor, que llegaría cinco años después para completar el hogar.

Cuando habla de su infancia, Diego no necesita grandes recuerdos ni lujos para describirla. «Me acuerdo poco, pero fue feliz», dice con una sonrisa serena. Y enseguida deja en claro lo esencial: «Nunca me faltó un plato de comida en la mesa, y para mí eso es lo más importante». Vivieron con lo justo, pero con amor, con esfuerzo y con padres que siempre buscaban la manera de regalarle algún pequeño gusto. Eso, para Diego, fue felicidad.

Cursó toda la escuela en la Escuela N°1, donde era inquieto, movedizo, pero buen estudiante. «No me gustaba estudiar, pero sabía que había que hacerlo», reconoce hoy, con la madurez que dan los golpes de la vida.

Luego llegó la secundaria en el Liceo N°3, donde cursó hasta tercero sin llevarse ninguna materia. Más tarde, la UTU: Bachillerato en Deporte, otra meta cumplida.

El fútbol

Siempre fue sociable, de hacer amigos rápido, de esos que no pasan desapercibidos. Y desde que tiene memoria, el fútbol fue parte de su vida. El fútbol como herencia familiar, como pasión compartida, como sueño.

Empezó en Filarmónica, en baby fútbol, cuando era apenas «una abejita», el más chiquito.

Pasó por Safa, volvió a Filarmónica y luego defendió los colores de Olimpia, el club del barrio, el club de sus afectos.
El fútbol lo llevó lejos. Muy lejos. Una oportunidad con la selección uruguaya en China, luego Montevideo en Wanderers. El sueño del pibe que se vuelve realidad.

Entrenamientos exigentes, competencia profesional, una vida que parecía ir en ascenso constante.

Corazón

Hasta que, de golpe, todo cambió. La madrugada del 11 de noviembre de 2024, alrededor de las tres, Diego se despertó en su habitación en Ciudad de la Costa, donde vivía junto a otros jóvenes futbolistas de Minas. Estaba solo. Se despertó con el corazón desbocado, como si acabara de correr una maratón. No entendía qué pasaba. Caminó, tomó agua, se sentó en la cama. Pensó en llamar a sus padres, pero no quiso asustarlos. Pensó en su representante, tampoco. Pensó en su amigo, el Topo, y decidió llamarlo. Esa llamada le salvó la vida.

El Topo llegó en minutos. Fueron al hospital. Diego se descompensó, vomitó, perdió el conocimiento. Una descarga eléctrica. Silencio.

Despertó intubado, con las manos atadas a la cama, rodeado de médicos. No entendía nada. Le dijeron el diagnóstico: tormenta arrítmica. Nueve días en CTI. Once más en sala. Estudios, procedimientos, incertidumbre. Nadie sabía por qué había pasado.

Más tarde llegó la respuesta: un gen mutado de nacimiento, una enfermedad silenciosa que nunca se había manifestado y que despertó con la exigencia física extrema. El corazón empezó a cicatrizar, a dañarse. La arritmia fue la consecuencia.
Hubo miedo. Mucho miedo. Especialmente cuando una médica le habló, sin rodeos, de un posible trasplante de corazón. Ahí, Toto sintió por primera vez que la vida podía apagarse.

Pero también hubo amor, cuidado, médicos y enfermeros del Hospital de Clínicas que lo acompañaron con humanidad. Y un pueblo entero, Minas, que se movilizó por él. Aunque Diego estuvo incomunicado varios días, luego supo que el cerro se llenó de gente rezando, esperando, acompañando. «Eso fue muy lindo», dice bajito.

Le colocaron un cardiodesfibrilador, una especie de guardián interno. Y aun así, en 2025, las arritmias volvieron. Una de ellas, estando junto a su madre, terminó con una descarga de 440 voltios que le recorrió el cuerpo. El miedo ya no era desconocido.

Entonces llegó lo inevitable: lista de espera para trasplante cardíaco. El corazón funcionaba apenas al 30%. Diego tenía 21 años, seguía estudiando, cursó barbería, curso de entrenador de fútbol. Seguía soñando, incluso sin saber si habría un mañana.

El trasplante

Hasta que llegó la llamada. Un ómnibus rumbo a Maldonado, un número desconocido, la voz de una doctora. «Hay un posible donante». Diego no lloró, no gritó, no reaccionó. Avisó a sus padres, siguió el protocolo y fue a Montevideo. Esperó.
Cinco horas de cirugía. Un nuevo corazón latiendo en su pecho. Cuando despertó, sintió dolor, tubos, incomodidad, pero estaba vivo. Muy vivo. Y agradecido. A una persona anónima que, aun en la muerte, le regaló vida. A la ciencia. A su familia. A la vida misma.

Hoy, a poco más de un mes del trasplante, Toto camina sin cansarse. Duerme, respira y sueña. Se recupera despacio, con paciencia y esperanza.

«No quiero volver a jugar profesionalmente», dice. «Quiero una vida normal. Salir a caminar tranquilo. Patear una pelota. Vivir». Y eso es exactamente lo que está haciendo.

Diego volvió a nacer. Y esta vez, sabe que cada latido cuenta.

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