Un río violeta fluyó por el Centro de Minas

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Un río violeta fluyó por el Centro de Minas - 21

Por Karina Núñez y Karen Corbo

En la tardecita del 8 de marzo se desarrolló la marcha por el Día Internacional de Mujer en Minas. No es solo una fecha para celebrar, sino un día para recordar, reflexionar y honrar la lucha histórica de millones de mujeres por la igualdad, la justicia y el respeto, que nos invita a detenernos un momento para mirar la historia con sensibilidad y el presente con esperanza. Es un día que reconoce a las mujeres que han luchado, a las que han abierto caminos y también a aquellas que, en silencio, han sostenido familias, sueños y comunidades. No es solo una jornada de flores o felicitaciones, es un acto de memoria y de amor hacia todas las mujeres que han sufrido desigualdad, violencia o invisibilidad, pero que aun así han seguido adelante con una fortaleza admirable.

También es una oportunidad para abrazar, escuchar y valorar a las mujeres que tenemos cerca: madres, hijas, amigas, compañeras. Para decirles que su voz importa, que su esfuerzo vale y que su existencia transforma el mundo. El 8M es un llamado a la empatía, al respeto y a la construcción de una sociedad más justa, donde cada mujer pueda vivir libre, segura y plenamente.

Marcha

En la ciudad de Minas, se realizó una concentración en la Rambla a las 17 horas, para luego comenzar la marcha hacia plaza Libertad, donde mujeres, niñas y niños, adolescentes y hombres acompañaron la misma, entre pancartas y cánticos.

La movilización transitó las calles Williman, 18 de julio, José Enrique Rodó y Callejón Dr. Alfredo Vidal y Fuentes.

Local

Natalia Dorta, Noelia Sejas, Isabella Medina y Mara Apesteguía leyeron la proclama del colectivo de 8M Minas de mujeres autoconvocadas.

Hoy, una vez más, estamos en la calle. Estamos aquí porque la historia nos enseñó que los derechos no se regalan: se conquistan y se defienden. Y porque cada vez que parece que avanzamos, vuelven a aparecer discursos que intentan hacernos retroceder.

Este 8 de marzo nos convoca un lema claro y profundo: antiimperialista, por la soberanía de los pueblos.

Porque no podemos hablar de justicia para las mujeres, ni podemos hablar de libertad mientras existan imposiciones económicas, políticas y culturales que subordinan a los pueblos y profundizan las desigualdades.

Defender la soberanía de los pueblos es también defender la vida digna de quienes los habitan. Es defender el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, nuestros territorios y nuestro futuro. Pero para construir esa soberanía necesitamos una sociedad más justa y para eso, las mujeres y las disidencias debemos estar en el centro de las decisiones.

Durante años escuchamos que la igualdad ya está garantizada por las leyes. Pero sabemos que lo que está escrito en el papel no siempre se traduce en igualdad real en la vida cotidiana.

La violencia hacia las mujeres no es un hecho aislado, ni un problema privado. No ocurre de manera accidental, ni aparece de un día para otro. Forma parte de un sistema de desigualdades que sigue organizando nuestras relaciones, nuestros vínculos y nuestras formas de vivir. Un sistema que todavía tolera el control, los celos, la dominación como si fueran parte normal de las relaciones; como si eso fuese amor.

Y esa violencia no se expresa de una sola manera, puede ser psicológica, económica, física. Puede comenzar con el control, con el aislamiento, con el miedo. También en ocasiones, la violencia utiliza a las infancias como herramienta de castigo, con el objetivo de dañar a las mujeres: la cual denominamos violencia vicaria, una de las expresiones más brutales del poder y del control.

Y en sus formas más extremas, la violencia de género llega al femicidio, es decir cuando se termina con la vida de una mujer por el solo hecho de ser mujer.

En Uruguay, cada año, alrededor de 30 mujeres son asesinadas por sus parejas o ex parejas. Cada una de esas muertes no es solo una tragedia individual: es una señal de alerta para toda la sociedad. Son vidas interrumpidas, familias quebradas y comunidades atravesadas por una violencia que no debería tener lugar en un país que dice defender la igualdad y los derechos humanos.

Nombrar estas violencias es fundamental. Porque lo que no se nombra muchas veces se naturaliza. Y lo que se naturaliza se sigue reproduciendo.

Por eso hoy volvemos a decir con claridad: ninguna violencia es normal, ninguna violencia es inevitable, y ninguna sociedad que aspire a la justicia puede mirar hacia otro lado.

Las mujeres seguimos siendo quienes sostenemos las tareas de cuidado; cuidamos a nuestros hijes, a personas mayores, a quienes se enferman. Sostenemos la vida cotidiana. Y los datos lo confirman: las mujeres en Uruguay dedican más del doble de tiempo que los varones al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado.

¿Quién sabe los horarios de nuestras hijes? ¿Quién los lleva al médico? ¿Quién se queda en casa cuando se enferman? ¿Quién reconoce cuándo están tristes y por qué? No es casualidad. Es histórico y también es político. Repetimos: no es amor, es trabajo no remunerado.

Exigimos una redistribución real de los cuidados y de la riqueza. Sabemos que la feminización de la pobreza no es casualidad, sino consecuencia de un modelo que concentra la riqueza en pocas manos y precariza la vida y el trabajo de las mayorías.

La violencia de género responde a un sistema de desigualdades que sigue teniendo, en su mayoría, rostro masculino. Por eso es urgente transformar las formas en que se construyen las masculinidades. Es urgente construir otras formas de ser varón: más responsables, más justas, más comprometidas con el cuidado y con la igualdad.

Exigimos mayor presupuesto para la educación para garantizar saberes que nos transformen en seres humanos críticos a las injusticias.

¡Sin educación pública no hay futuro!

Exigimos políticas públicas reales, con presupuesto, con compromiso y con continuidad.

Políticas que reconozcan y redistribuyan el trabajo de cuidados, en este sentido, exigimos fortalecer el Sistema Nacional Integral de Cuidados de manera urgente.

Exigimos políticas que enfrenten la violencia de género de manera más efectiva. Políticas que garanticen igualdad en el acceso al trabajo, a la salud, a la educación y a la participación política.

No queremos que las políticas existan solo en el papel. Queremos que se transformen en acciones concretas. En un mundo donde muchas veces se señala como enemigo a quien piensa distinto, donde vemos guerras, genocidios, destrucción y deshumanización, necesitamos detenernos y tomar posición. Nombrarnos.

Posicionar nuestra lucha como antirracista, anticapitalista, antiimperialista es reconocer que la desigualdad de género es una forma de opresión sobre las mujeres y disidencias; pero no es la única. Se cruza e intersecciona con otras opresiones y produce violencias específicas: en función a la racialización, a la clase, al sexo, a la orientación sexual, entre otras. Ninguna forma de violencia está aislada de las demás cuando se encarna en los cuerpos y las vivencias.

Usamos palabras complejas, porque la problemática es compleja. Pero en realidad significa algo muy simple y profundo: reconocer que todas las personas tienen derechos y que los pueblos deben poder decidir su destino sin dominaciones. Porque cuando hablamos de territorios dominados, hablamos de la tierra y los cuerpos que lo habitan.

Seguimos afirmando: ¡ni las mujeres ni la tierra somos territorio de conquista!

¿Y por qué esa defensa muchas veces tiene rostro de mujer? ¿Por qué es la consigna de un 8M? Quizás porque es en quienes históricamente ha recaído el cuidado de la vida y por lo tanto su defensa. Pero queremos y necesitamos redistribuirlo. Queremos que cuando lo lean se pregunten, que incomode para que se hagan parte y asuman también la responsabilidad.

No queremos mirar a un lado. Creemos en un mundo en donde el la dignidad no sea privilegio. Y seguiremos luchando por vidas dignas de ser vividas.

No queremos un feminismo homogéneo, porque no entramos todas.

No hay feminismo posible si deja a alguien afuera.

No hay feminismo sin las mujeres trans.

No hay feminismo sin las mujeres racializadas.

No hay feminismo sin las trabajadoras, sin las migrantes, sin las que sostienen la vida todos los días.

Necesitamos más solidaridad, más organización colectiva y más democracia. Porque la democracia solo es real cuando todas las voces cuentan. Cuando las mujeres y las disidencias participan en los espacios de decisión. Cuando nuestras experiencias forman parte de las políticas que transforman la sociedad. Hoy no estamos todas, son muchas las que nos faltan.

Abrazamos la lucha por memoria, verdad y justicia, por todas las mujeres ex presas políticas, exiliadas, detenidas desaparecidas que lucharon en clandestinidad durante la última dictadura cívico militar como también a las mujeres indígenas que lucharon contra el primer terrorismo de Estado.

Recordamos a las niñas, adolescentes y adultas desaparecidas. Denunciamos la violencia patriarcal que hay detrás de cada desaparición, la existencia de redes de narcotráfico, explotación sexual y trata en nuestros territorios y la responsabilidad y complicidad de un Estado omiso, en plena democracia. Hoy nos seguimos preguntando, ¿dónde están nuestras gurisas?

La historia la construimos entre todes; la estamos construyendo hoy y cada día como parte de esta sociedad. Por eso seguimos saliendo a la calle.

Por eso seguimos nombrando las injusticias. Por eso seguimos organizándonos.

Porque queremos un mundo donde vivir sin violencia sea un derecho. Un mundo donde la igualdad sea una realidad. Un mundo donde los pueblos sean soberanos. Y hasta que ese mundo exista, seguiremos marchando y seguiremos luchando cada día.

Nos solidarizamos con todas las mujeres del mundo. Rechazamos todas las formas de autoritarismo, racismo y supremacismo que violentan los derechos de las mujeres y de las minorías. El camino es sinuoso y complejo, pero vamos juntas.

Nos recordamos que nuestra lucha es resistencia y memoria. Y también es disfrute y goce. Celebramos nuestra fuerza colectiva por seguir creyendo y creando un mundo donde la vida digna esté en el centro».

Nacional

Las dirigentes de ADEOM Lavalleja Karina Núñez y Carolina Nieves, junto a Ana Caballero del Plenario Intersindical de Lavalleja, transmitieron la proclama nacional.

«Este 8 de Marzo nos encontrará en las calles en un tiempo de disputas profundas.

Se disputan sentidos, derechos, y el rumbo de nuestras sociedades.

Nada está asegurado. Y da la sensación de que lo conquistado siempre puede retroceder si no lo defendemos.

Marcharemos porque la historia nos enseñó que los avances en derechos y, sobre todo, en derechos de las mujeres y de las diversidades, hay que defenderlos todos los días, ya que basta con una crisis política, económica o social para que vuelvan a ser cuestionados. Lo haremos porque sabemos que el silencio favorece a quienes concentran el poder.

Nos movilizamos porque entendemos que la democracia no es una palabra vacía: es participación real, es organización popular, es presencia activa en el espacio público.

Marchamos no solo por lo que sucede en nuestro país.

Miramos el mundo y nuestra región y reconocemos un escenario atravesado por guerras, bloqueos económicos, endeudamiento, saqueo de bienes comunes y discursos que intentan legitimar la violencia en nombre de supuestas libertades.

Por eso afirmamos con claridad: nuestro feminismo es de clase, antirracista, anticapitalista y antiimperialista.

Antiimperialista porque rechazamos toda forma de dominación que someta a los pueblos a intereses ajenos, vulnerando su soberanía y su derecho a decidir su propio destino. Porque sabemos que las mujeres y las infancias son quienes padecen con mayor crudeza las consecuencias de las guerras, los saqueos, las sanciones y las intervenciones, y no aceptamos que los derechos sean utilizados como excusa para justificar agresiones militares o presiones económicas que profundizan el sufrimiento de los pueblos.

Sostenemos que la verdadera emancipación sólo puede construirse desde la justicia social, la autodeterminación y la paz; nunca sobre la destrucción, el saqueo ni la subordinación de nuestros cuerpos ni de nuestros territorios.

La soberanía de los pueblos es una condición para la justicia social y ambiental.

Sin capacidad de decidir sobre nuestros bienes, nuestra producción y nuestras políticas públicas, no hay igualdad posible.

La dependencia económica siempre termina impactando con mayor dureza a las mujeres trabajadoras.

Nuestro compromiso es internacionalista. Nos solidarizamos con quienes resisten agresiones externas, con quienes defienden su territorio, con quienes sostienen la vida en medio de conflictos que no eligieron.

No somos ni seremos neutrales ante las injusticias ni ante la guerra.

Sabemos que la neutralidad, en contextos de dominación, suele favorecer al más fuerte.

Por eso reafirmamos: siempre estaremos del lado de la paz con justicia social, del lado de la autodeterminación de nuestros pueblos y de la dignidad como principio irrenunciable.

Compañeras: la desigualdad que vivimos no es un accidente. Es consecuencia de un modelo que organiza la economía en función de la acumulación y no de la vida. En ese esquema, el trabajo de las mujeres ha sido históricamente invisibilizado y subvalorado.

La colonización ha perpetrado la desigualdad, ha vulnerado nuestros derechos y ha utilizado nuestra necesidad en pro de la producción; han instalado en nuestro sistema político la dependencia de la inversión extranjera, rifando el futuro de nuestro país a deseos de los extranjeros.

Queremos cuencas de agua sanas, escuelas que cursen sin ser fumigadas con agrotóxicos, queremos que la fauna y la flora sean respetadas, sin ellas no hay humanidad posible.

Hoy participamos masivamente en el mercado laboral, pero la sobrecarga persiste.

Cumplimos jornadas remuneradas y luego continuamos con responsabilidades domésticas y de cuidados. Esa doble presencia impacta en nuestros ingresos, en nuestras trayectorias laborales y en nuestra autonomía económica. La brecha salarial sigue siendo una realidad. La concentración de mujeres en los sectores peor pagados también.

La informalidad golpea con mayor fuerza a quienes sostienen hogares monoparentales. Y en cada crisis económica, somos las primeras en asumir el ajuste. Por eso sostenemos que discutir la distribución de la riqueza es central para nosotras. Se trata de reconocer que la concentración patrimonial extrema convive con situaciones de pobreza que afectan especialmente a mujeres, niñas, niños y adolescentes. Plantear que el 1% más rico debe contribuir más no es un capricho: es una definición política de justicia fiscal y justicia social, ya que estamos convencidas de que ambas van de la mano. Se hace urgente que los presupuestos tengan perspectiva de género. Necesitamos políticas que garanticen la autonomía económica de las mujeres y las diversidades. Que se respeten los cupos en el acceso a puestos laborales para personas con discapacidad, afrodescendientes y personas trans.

Compañeras trabajadoras: el movimiento obrero uruguayo tiene una trayectoria histórica de lucha y unidad, y este año, en el mes de octubre, celebraremos los 60 años de la Unidad de la CNT.

Este 8M nos encuentra organizadas y proyectando. Nos reuniremos en nuestra casa sindical para construir una agenda colectiva en el Encuentro Nacional de Mujeres y Diversidades Sindicalistas.

Ese espacio será un espacio de autoconstrucción política: forma parte de una estrategia para transversalizar la perspectiva de género en cada sindicato y sector de actividad. Incorporar cláusulas de cuidados en los convenios, promover licencias equitativas, garantizar protocolos frente al acoso y la violencia laboral, e impulsar la formación en igualdad: todo eso es acción sindical concreta.

Este 8 de Marzo reafirmamos que la transformación requiere organización sostenida. No creemos en soluciones individuales frente a problemas estructurales. La historia demuestra que los cambios profundos nacen de la acción colectiva.

Reivindicamos un feminismo popular, arraigado en el movimiento obrero, comprometido con la paz y la defensa de los derechos humanos en todas partes». 

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