Stella García: la mujer que transformó un ACV en un mensaje de esperanza y amor por la vida

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Stella García

Por Karina Núñez

«Renacer después de un ACV», una obra profundamente humana que nace desde la experiencia personal, el proceso de rehabilitación y la transformación que puede surgir después de atravesar una situación límite.

La presentación se realizará el sábado 13 de junio a las 16 horas en el Auditorio de Mariscala.

Además la obra y su presentación fueron declaradas de Interés Departamental y Cultural por la Junta Departamental.

Este libro no está dirigido únicamente a personas que hayan atravesado un ACV, sino también a familias, profesionales de la salud, educadores y a toda persona que haya vivido momentos que cambiaron profundamente su vida.

Será una instancia muy especial de encuentro, reflexión y esperanza, donde la autora compartirá parte de este camino de reconstrucción.

Hay historias que conmueven por el dolor que contienen. Otras, por la fortaleza con la que son contadas. La de Stela García reúne ambas dimensiones y se convierte en un ejemplo de resiliencia, fe y reconstrucción personal.

Nacida el 6 de julio de 1971 en José Pedro Varela —aunque criada en Mariscala junto a sus padres y dos hermanos—, Stella creció con una convicción clara: estudiar sería su herramienta para construir independencia y libertad. Inspirada por la historia de su madre, quien no pudo continuar sus estudios debido a las limitaciones impuestas a muchas mujeres de su época, hizo de la educación una bandera de vida.

Maestra y directora durante más de tres décadas, dedicó su carrera a la enseñanza pública, convencida de que Uruguay posee una educación de excelencia.

Su vocación fue mucho más allá de las aulas. Compartió conocimientos, materiales, experiencias y tiempo con colegas y alumnos, convirtiendo la colaboración y la generosidad en pilares de su trabajo.

Junto a quien conoció siendo apenas una adolescente construyó una familia. Lleva más de treinta años de matrimonio con Sergio Bueno y es madre de Ezequiel, Lautaro y María Joaquina.

También recuerda con amor a los hijos que no llegaron a quedarse, pero que forman parte de su historia y de su corazón.

El día que la vida se detuvo

El 10 de enero de 2023 quedó grabado para siempre en su memoria. Tres días después del cumpleaños número 16 de sus hijos mellizos, despertó con un fuerte dolor de cabeza.

Nada hacía presagiar que minutos más tarde sufriría un accidente cerebrovascular que cambiaría radicalmente su vida.

Fue Lautaro quien la encontró convulsionando en el suelo y quien, con apenas 16 años, reaccionó con una serenidad admirable.

La sostuvo, pidió ayuda y acompañó a su madre en los primeros instantes de una situación dramática.

Mientras los médicos intentaban determinar qué ocurría, comenzaron horas de incertidumbre para la familia. Estudios, traslados, internación en CTI y finalmente el diagnóstico: un ACV hemorrágico. Lo que vino después fue un camino largo y desafiante.

Aprender a empezar de nuevo

La mujer independiente, activa y acostumbrada a resolverlo todo por sí misma debió enfrentarse a una realidad completamente diferente.

Perdió temporalmente el habla debido a una afasia. Necesitó ayuda para levantarse, caminar, bañarse e incluso para comunicarse. Palabras que antes surgían naturalmente desaparecieron de repente. «Era como vivir en un mundo paralelo», recuerda.

Las secuelas físicas y emocionales fueron profundas. Durante meses convivió con dolores intensos, vértigos, problemas de equilibrio, dificultades para expresarse y el miedo constante a volver a sufrir otro episodio.

Sin embargo, jamás se preguntó «¿por qué a mí?». Lejos de instalarse en el enojo o la resignación, decidió abrazar el proceso como una nueva oportunidad de vida. «Si uno no para, el cuerpo te para», reflexiona hoy.

La fuerza invisible de los afectos

En su recuperación hubo médicos, fisioterapeutas, fonoaudiólogos y especialistas fundamentales. Pero también hubo algo que Stella destaca con especial énfasis: la humanidad.

Las caricias, las palabras, las oraciones, los mensajes, las visitas y los gestos de cariño fueron tan importantes como los tratamientos.

Durante la internación comprendió que una persona puede no entender todo lo que se le dice, pero sí percibir perfectamente el amor, la preocupación o la ternura de quienes la rodean.

Por eso insiste en la importancia de humanizar los cuidados y acompañar a quienes atraviesan procesos de enfermedad.

«Nos curamos mucho más con los seres queridos de lo que imaginamos», asegura.

Un libro nacido de la transformación

Tres años después de aquel episodio, Stella decidió transformar su experiencia en palabras. Así nació un libro que presentará el próximo 13 de junio, a las 16 horas, en el Auditorio de Mariscala.

La obra no es únicamente el relato de un ACV. Es una reflexión profunda sobre la fragilidad humana, la fortaleza interior, la importancia de las emociones y el valor de las redes afectivas.

A través de testimonios propios y ajenos, la autora invita a mirar con otros ojos las enfermedades, las pérdidas, los cambios inesperados y todos aquellos momentos que nos obligan a salir de nuestra zona de confort.

También aborda temas vinculados a la educación, la inclusión, la comunicación y la capacidad de reconstruirse después de una crisis.

«Todos en la vida somos maestros y aprendices», sostiene una de las frases que atraviesa la obra y que resume gran parte de su filosofía de vida.

Celebrar la vida

Hoy Stella continúa transitando su recuperación. Algunas secuelas permanecen, otras fueron quedando atrás gracias a su enorme voluntad y al acompañamiento recibido.

Sin embargo, lo más importante es que logró convertir una experiencia dolorosa en una oportunidad para ayudar a otros. Su historia no busca despertar lástima ni admiración por el sufrimiento. Busca transmitir esperanza. Busca recordarnos que detrás de cada enfermedad existe una persona que necesita ser escuchada, comprendida y acompañada.

Y, sobre todo, busca enseñarnos que incluso en los momentos más oscuros es posible encontrar una nueva manera de abrazar la vida.

Porque si algo aprendió Stella García después de aquel 10 de enero es que cada cumpleaños merece celebrarse dos veces: por los años vividos y por la oportunidad de seguir viviendo.

Con Stella

Han pasado tres años desde aquel accidente cerebrovascular. Después de todo lo vivido, de los momentos difíciles, de las tristezas y emociones que seguramente atravesó le preguntamos, ¿hoy te considerás una mujer feliz?

Stella — Sí, sobre todo porque valoro profundamente esta vida. Trato de abrazarla constantemente en cada cosa que hago.

Diario La Unión — Esa mirada positiva también la trasladás a los espacios que creaste. ¿Cómo trabajás eso con las personas que llegan a vos?

S — Cuando abrí Maluya, tanto en Mariscala como acá en Minas, me propuse algo muy importante. Muchas personas llegan buscando una sesión de reiki o una experiencia diferente, pero la mayoría viene atravesando algún problema. Entonces trato de ayudarlas a ver siempre el lado positivo de la vida, a enfocarse en lo que tenemos más allá de aquello que nos falta.

DLU — En ese sentido, hablás mucho de aprender a valorar lo que sí tenemos.

S — Exactamente. Como dice Rolón, nunca vamos a tener la felicidad completa. Siempre nos va a faltar algo. No vinimos a este mundo a ser felices todo el tiempo ni de manera perfecta. Pero sí podemos aprender a ser felices con lo que tenemos. Si estamos sanos, si estamos vivos, si nuestros hijos están bien, ya tenemos muchísimo. Hay personas atravesando situaciones muy difíciles y muchas veces no somos conscientes de ello.

DLU — A veces nos preocupamos por cosas que, vistas desde otra perspectiva, terminan siendo pequeñas.

S — Claro. Nos complicamos porque un hijo perdió un examen, porque algo no salió como esperábamos o porque no pudimos hacer determinada fiesta. Son situaciones que, comparadas con otros dolores o dificultades, terminan siendo insignificantes.

DLU — También reivindicás mucho el valor de las cosas simples.

S — Sí. A veces decimos que no podemos reunir a mucha gente porque la casa es chica o porque no hay lugar suficiente.
Pero si son personas queridas, eso no importa. Nos sentamos en el suelo, arriba de un almohadón, donde sea. Lo importante es compartir.

DLU — Ese mensaje también está presente en tu libro.

S — Muchísimo. En Uruguay tenemos una gran ventaja: podemos encontrarnos con un amigo, sentarnos a tomar un café y conversar. Y eso también es terapéutico. Muchas veces decimos «tenemos que juntarnos a tomar un café» y pasan seis meses sin concretarlo.

Por eso insisto en vivir el aquí y el ahora. Pongamos un día y una hora. Aunque sean quince minutos, esos quince minutos pueden oxigenarnos el alma.

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