10.06.2024 Nilda Guerrero: Sin amor, es inútil cualquier sacrificio del educador
Por Karina Núñez
La labor como maestra es un regalo invaluable para la comunidad y gracias a eso se cultiva el amor por el aprendizaje en cada uno de sus estudiantes. Desde muy pequeña sabía que su vida iba a ser la educación, siempre estudiosa, desde antes de tener la edad apropiada para comenzar. Hoy a sus 78 años sigue en la educación y más aún importante, en la educación especial, para aquellos que más lo necesitan. Ayudando a familias y compartiendo el amor junto a chicos con discapacidades diversas, que lo principal que necesitan es encontrar un lugar y el cariño de quienes lo rodean. Nuestra historia de vida es de una maestra que desde muy jovencita, supo lo que quería hacer y compartir hoy sus palabras, nos llena de alegría.
Su niñez
Nilda María Guerrero Melgar, nació el 23 de mayo de 1946, hace 78 años en la ciudad de Minas y llegó a un hogar conformado por su madre, padre y abuela.
Contó que nació en su casa, en calle Rafael Pérez del Puerto, esquina de La Llana, porque en aquel entonces los partos eran en domicilio.
Concurrió al colegio del Huerto, donde en la mañana hacía música, piano, «me encantaba» y de tarde en la escuela. «Siempre me ha encantado leer, aprender, interactuar. En mi casa había muchos libros, mi madre y mi abuela, quienes fueron al colegio de señoritas que había en Minas, eran dirigidos por Olegaria Machado Amor, la poetisa. En el colegio de señoritas que es donde hoy es el Café Bertochi y aún tengo los cuadernos con aquella letra hermosa, escrito con pluma y tinta. Mi madre fue al colegio también del Huerto, hasta tercero porque era lo que había, pero después, era una autodidacta, le encantaba leer, siempre nos traían libros de regalo, entonces, antes de dormir siempre me leía algún cuento, aunque fuera ya grandecita. Ella recitaba, se sabías las rimas de Becker, entonces mamé desde siempre todo lo que fuera educación y desde muy niña quise ser maestra. Tenía, tres años y pasábamos por el Colegio al que luego fui y lloraba por entrar, hasta que un día le dijeron a mis papás que me llevaran algunos días, pero quise ir todos los días desde los tres años, a pesar que en aquel entonces se comenzaba a los 5 con Jardinera. Y a los seis empezabas primero, un día lloré tanto agarrada de los barrotes de la puerta, que salió la directora y le dijo que me llevara, me eligieron algunos días, a los cuatro leía, a los cinco hice primero, a los diez terminé sexto, y a los once empecé el liceo Fabini. A los quince entré en el instituto y a los diecinueve me recibí de maestra».


«SOY UNA ETERNA ESTUDIANTE»
«Siempre me gustó estudiar, siempre digo que soy la eterna estudiante, porque siempre estoy haciendo algún curso o alguna cosa, sea de educación, sea de espiritualidad, sea de lo que sea, me encanta. Recordó que cuando era chica mi padre me había hecho una mesa, mi padre era capataz y era camionero en la Fuente Salus y con las maderas de los casilleros, me había hecho una mesita y me lo había pintado de rojo. Yo la armaba en el verano en la vereda y mi tía me había regalado una campanilla chiquita, yo tocaba la campanilla y los chiquilines del barrio venían, a jugar, yo era la maestra y les daba clase, loca de feliz. También una maestra rural, Moreira, era maestra en una estancia donde el esposo de mi tía era el capataz y había una escuela en un garaje que reunía a todos los niños de la zona. Mi tía me llevaba a mí de vez en cuando y yo iba a la clase, y le pedía la ‘papanilla’, tenía menos de tres años porque apenas hablaba».
«Todo eso lo recuerdo y después la vida, mirá lo que es, me recibí, concursé enseguida y ese primer año elegí una escuela rural que fue en Espuelitas, seguí en Solís de Mataojo, la Escuela 1, la Escuela 10 y tantas otras que fueron pasando en este pasaje maravilloso llamado vida. Los primeros años fueron de mucho sacrificio, íbamos y veníamos a dedo en los camiones, pasabas toda la semana por allá y cuando cumplí los 20 años tuve mi primera inspección por parte de Magdalena de los Reyes Ferrer de López Alfonso, tenía un susto bárbaro. Viajábamos haciendo dedo en los camiones de la intendencia con Cholita Estol, atravesábamos Minas, subíamos en los camiones con los obreros que estaban haciendo la ruta 108, nos bajábamos en lo de Coppola y nos íbamos en bicicleta 5 kilómetros, después volvíamos. Después pude comprar una moto, íbamos con los bolsos, con la ropa, con la comida y hasta traíamos libros y cosas, uno se pone a pensar todo lo que pasó antes y es como que no lo podés entender, pero nos divertíamos, pasábamos divino».
EL AMOR
Nilda nos cuenta sobre el amor y nos dice cuando estaba estudiando, «tenía un compañero que me gustaba, que había sido un compañero mío desde sexto año de escuela, me acompañaba, me iba a buscar al instituto, dábamos unas vueltas por la plaza, pero nunca se me declaraba. Esperé como cuatro o cinco años y después otros tantos y después en 1970 nos casamos, ahí ya había concursado para directora rural y había elegido la dirección rural en la escuela 94, del otro lado del río, que eran 10 kilómetros, 15 kilómetros de Minas, preciosa escuela, al lado del campo de aviación. Luego pasé a la 68 que fue cuando me casé y después ahí quedé embarazada al otro año y tuve a Duncan, en el 71 y en el 73 nació Martín, pero siempre estuve trabajando y estudiando hasta con ellos chiquitos. Desde que me recibí, en el 65, no he parado de trabajar, siempre he estado trabajando», afirma nuestra entrevistada.



LA EDUCACIÓN ESPECIAL
Nilda recuerda que cuando hizo primer grado, «teníamos una semana de práctica en la escuela especial, que la directora era Gladys Miguel y yo quedé fascinada porque el conocimiento que tenía era de la escuela rural, de la escuela urbana, del colegio, pero en el colegio yo ya había tenido experiencia con compañeros que tenían problemas. Siempre me sentí muy inclinada hacia ellos, a trabajar con ellos, a no ver la diferencia. Entonces cuando fui a hacer la práctica, me encantó, la escuela especial siempre fue como dos mundos diferentes, en la mañana está lo académico, y en la tarde, donde se trabajan más las otras cosas como la recreación, el dibujo, la música. Decidí hacer la especialización y luego de ser efectiva, seguí con la dirección, concursé por dirección, y necesitaba X cantidad de años. Tenía que tener, no sé si eran ocho o nueve años, de ser efectiva para acceder a la especialización y no me daban los años.
Entonces, seguía trabajando y llegó un momento que me llamaron y debía viajar a Montevideo y mis hijos eran chiquitos, pero una tía que vivía en Pando me los cuidaba durante todo el día para que yo pudiera estudiar, además mi esposo Gustavo, siempre me apoyó y me decía que debía hacerlo porque era lo que yo quería. Los viernes mi tía me esperaba en la carretera con los bolsos, con los dos chiquilines y Mariela Saravia hacía el curso conmigo y nos veníamos juntas, ella estaba embarazada de María Noel en ese momento, muchas no teníamos asiento porque viajábamos en la Onda. Entonces subía en una pierna a Duncan y lo agarraba a Martín en la otra, una linda época, de sacrificio, pero hermosa. Hice el curso de directores y después de hacer el curso de directores concursé para dirección y no había cargo en Lavalleja, concursé por Maldonado y tuve la suerte de que me fue bien y entonces elegí la escuela 79 de Maldonado, y ahí estuve tres años y después pasé a la inspección regional. Fui la primera inspectora descentralizada de la región Este Maldonado – Rocha. Fui Inspectora de Educación Especial, éramos trece en todo el país. Cuando estaba en la dirección, los chiquilines se fueron para allá, Duncan ya se había recibido y Martín estaba haciendo el liceo, entonces terminaba el liceo, pero extrañaban Minas impresionante, alquilábamos un apartamento y los fines de semana nos veníamos para Minas. Los fines de semana nos veníamos todos, pero conjuntamente con esto de que yo estaba trabajando en la escuela especial, la directora del Instituto de Formación Docente me llamó para ver si quería dar Psicología en el instituto. Trabajé muchos años, como profesora también de Psicología y de recreación. A los 49 años, ya cansada de viajar, me habían ofrecido para formar un equipo acá y yo pensaba que al jubilarme luego no iba a tener trabajo, a pesar de que siempre dí clases particulares, porque no existía la parte preescolar en Minas. Entonces en casa como hice la especialización en niños con problemas de aprendizaje y en el desarrollo psíquico, hice otra de dificultad de aprendizaje y lenguaje, que lo hice en forma particular. Después empecé a trabajar para BPS como empresa y después BPS decía que no podíamos trabajar en forma individual, y ahí fue cuando me invitaron para formar el equipo en Ciam junto a Beatriz Castro, la fisioterapeuta, y una psicóloga, Verónica Cicala, Serrana Marosoli, y yo. También después fuimos a Creciendo Juntos, en paralelo. En Minas había mucha dificultad y cantidad de chicos con parálisis cerebral que no eran atendidos y trabajamos desde el punto de vista físico y desde el punto de vista de estimulación y pedagógico. Armamos junto a los padres el centro Despertar y fue una experiencia linda y trabajé tres años».
EL CENTRO «CRECIENDO JUNTOS»
«El día que me jubilé dije que quería formar un centro, pero que fuera como un club, que fuera algo que puedan ir a recrearse, a estar, a conversar, a aprender, porque ellos aprenden a través de talleres dirigidos por otros, pero donde sientan satisfacción de ir, donde estén contentos, donde se les respete, y con un grupo de madres que me dieron para adelante se formó Creciendo Juntos. Un día en la arena, en la playa, hice el proyecto, lo presenté, nos reuníamos en el garaje de Rosario Bueno, que era amiga mía y mis amigas que me ayudaron cantidad, presentamos el proyecto en el 2002, en agosto, en la intendencia. Adriana Peña nos apoyó muchísimo, y salíamos por Minas en las camionetas a buscar casa. Primero decidimos una casita en el Parque Zorrilla, comenzamos a reformar pero nos robaron todo, entonces fue cuando nos dijo que tenía una piecita en el vivero en la Rambla de Minas. Los padres traían la sillita de la playa y así arrancamos, con una cocinilla, con los tachos que traíamos de nuestros hogares».
Desde su jubilación, Nilda está en Creciendo Juntos, desde la fundación, hace 21 años.
«Trabajamos a través de BPS y de socios, hoy tenemos 27 alumnos por BPS y el resto en régimen de beca, con apoyo de una cuota. Un proyecto para todas las edades, pero la necesidad se dio que era importante atender a chicos de 18 años en adelante, porque no hay un lugar donde puedan acudir, para mejorar la calidad de vida y ser personas, reconocerlos con sus derechos, que sus padres lo reconozcan, ha avanzado, pero aún hay mucho camino por recorrer», afirmó.
«NO HAY COSAS PENDIENTES EN MI VIDA»
Nilda asume que no tiene pendientes, porque afirma que es una afortunada en hacer lo que le gusta hacer, tratando de aprovechar todas las oportunidades que la vida le ha presentado.
Hoy a sus 78 años a veces se siente cansada, porque tanto que se habla, en conceptos y atención, siente que hay mucho por hacer, pero reconoce que «siempre la población ha sido muy solidaria con Creciendo Juntos, al igual que las Intendencias, sea del gobierno que sea, siempre ha apoyado, y la gente ha donado muchísimas cosas, como diversas instituciones, convenios, y demás».
Ha sido una mujer feliz, a pesar de cosas que la vida presente, pero la educación, la enseñanza, los chicos, han sido parte de su vida, siempre está agradecida a la vida, conociendo otras realidades y buscando lo mejor para cada uno de los chicos y sus familias. Buscando encuentros deportivos, juegos especiales, participando en diversas actividades que brindan mucha felicidad.
Nilda terminó la entrevista, emocionada, feliz y agradeciendo a sus hijos por ser grandes compañeros y a quienes estuvieron desde siempre alentando y ayudando para seguir creciendo.
