José Emanuel Lavega Palacio «Chelo»: la música como destino, la vida como aprendizaje

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José Emanuel Lavega Palacio

Por Karina Núñez 

José Emanuel Lavega Palacio, alias «Chelo» nació en Minas el 19 de noviembre de 1974. Escorpiano, de raíces humildes y corazón musical, llegó a una familia numerosa integrada por su padre, su madre, su abuela y cuatro hermanos.

Infancia

Su infancia transcurrió en el barrio La Estación, en una época donde las calles de tierra, la cañada y los juegos simples marcaban una forma de vivir distinta, más austera, pero profundamente feliz.

«Éramos pobres, pero nos divertíamos de otra manera», recuerda. Jugaban carreras, compartían la calle, la vida pasaba despacio y con sentido de comunidad. A los nueve o diez años, la familia se mudó a Maldonado, un cambio que marcó su personalidad.

Allí se encontró con otra realidad social, más dura, más competitiva, donde —según sus propias palabras— «tanto tenés, tanto valés». Nunca logró adaptarse del todo, aunque vivió allí 25 años.

La música en su vida

La música, sin embargo, nunca se mudó de su lado. Empezó a cantar a los cuatro años, cuando su madre le enseñó una cueca chilena y lo subían a una mesa para que cantara mientras sonaba una guitarra.

No era casualidad: la música venía en la sangre. Su madre integró el dúo Las Torcasitas, su padre y sus tíos cantaban y tocaban la guitarra. Era un legado familiar.

Durante su adolescencia participó en concursos de canto en Maldonado, siempre el primero en anotarse. A los 14 o 15 años llegó el primer gran paso: tras un certamen en el centro de la ciudad, fue convocado por una banda local.

Así comenzó su recorrido más profesional dentro de la música tropical, sin abandonar nunca esa pasión que lo acompañó desde niño.

Al regresar a Minas, ya con veintitantos años, se integró a La Fragata, una etapa clave en su carrera. Allí fue visto por Hernán «Pipo» Pastor, con quien compartió ocho años de trabajo intenso, aprendizajes y escenarios.

Fue una escuela de vida y música, donde también conoció grandes referentes y músicos destacados.

Luego llegó su etapa como solista en Carabel, donde permaneció casi una década.

Fueron años de giras, escenarios y noches largas, pero también de ausencias. «Perdí mucha niñez de mis hijos», reconoce con honestidad. La balanza entre la pasión y la familia fue, durante mucho tiempo, un desafío constante.

Chelo, es padre de tres hijos —Priscila (12), Santiago (17) y Milo (4)—, hoy vive esa paternidad desde otro lugar. Santiago, incluso, forma parte del equipo de la banda como utilero, algo que define como un sueño cumplido.

«Cuando era chico yo no estaba, hoy camina conmigo», dice con emoción.

Chelo, también es albañil, un trabajador de oficio que nunca renegó del esfuerzo. Aprendió a vivir sin estrés, a dejar que las cosas fluyan, combinando el trabajo cotidiano con la música, siempre con los pies sobre la tierra.

La vida, sin embargo, también lo llevó a tocar fondo. La pérdida de un amigo muy cercano, una separación y varios golpes juntos lo empujaron a una depresión profunda. Pasó meses encerrado, sin fuerzas para levantarse.

Fueron sus hijos quienes lo sacaron adelante, con pequeños gestos y pedidos simples: salir a caminar, compartir un rato. «Ahí entendí que la depresión existía», confiesa.

Ese tiempo de soledad le dejó una enseñanza clave: aprender a soltar. Personas, vínculos, cargas que ya no sumaban. «Primero estoy yo, después yo y tercero yo», resume hoy, desde un lugar de madurez emocional que lo llevó a reencontrarse consigo mismo.

«Amaluna»

En ese nuevo equilibrio llegó Amaluna, la banda que hoy integra y en la que deposita todas sus expectativas. Un proyecto que nació hace un tiempo y que se consolida desde la unión, el respeto y el profesionalismo. «Es una banda prolija, humana, con gente muy capaz. Le tengo una fe enorme», asegura.

Ya cuentan con temas grabados y nuevos proyectos en camino, convencido de que el futuro está ahí. Acompañado por su pareja, con el apoyo familiar y una mirada distinta sobre la vida, Chelo, vive hoy en armonía, feliz, agradecido y enfocado. «Ya viví lo que tenía que vivir. Hoy disfruto de otra manera», dice.

Su camino no fue lineal, pero sí auténtico. Entre la música, los escenarios, los hijos y las caídas, supo levantarse y seguir. Porque, al final, la música no fue solo su pasión: fue el hilo que siempre lo trajo de vuelta a casa.

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