El renacer de Leticia Martínez Meroni: una historia de lucha, dolor y esperanza

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Leticia Martínez Meroni - 1


Por Karina Núñez

Hay historias que no se cuentan solo con palabras, sino con emociones. Historias que atraviesan el cuerpo, la mente y el alma. Así es la vida de Leticia Martínez Meroni, una mujer que hoy, a sus 51 años, habla de un nuevo comienzo, de un verdadero renacer.

Nació el 9 de octubre de 1974 en Montevideo, casi por casualidad, como ella misma dice entre sonrisas. Su llegada fue prematura, con apenas siete meses de gestación, y desde entonces la vida le planteó sus primeros desafíos: una lesión cerebral afectó los músculos de su pie izquierdo, marcando su forma de caminar y condicionando, sin saberlo, gran parte de su historia.

Sin embargo, su infancia fue feliz. Creció rodeada de afectos, de una familia unida, de amigos y de recuerdos entrañables en la Escuela Nº 2. Más adelante vendrían los estudios, la experiencia de vivir en Montevideo durante diez años y, finalmente, su regreso, donde hace más de dos décadas trabaja en Camdel, un lugar que también forma parte de su identidad.

El amor llegó, como tantas cosas en su vida, «por accidente». Junto a Alejandro construyó una historia de más de 25 años compartidos, 20 de ellos en matrimonio. Pero no todo fue sencillo. El deseo de ser madre abrió otra etapa de lucha, tratamientos, esperas y también dolor. Fue parte de la creación de «Ser Padres Lavalleja», una agrupación pionera en el interior del país que acompañaba a quienes atravesaban la infertilidad. Incluso vivió de cerca la aprobación de la ley de reproducción asistida, aunque para ella llegó tarde.

«Ese fue uno de los golpes más duros», reconoce. La menopausia, los tratamientos hormonales y la frustración fueron dejando huellas profundas, también en su cuerpo.

La obesidad no fue solo una cuestión física. Fue, como ella misma lo define, una forma de protección emocional. Una carga silenciosa que convivía con limitaciones físicas, dolores constantes y también con miradas ajenas que muchas veces lastiman.

«Uno dice ‘no me importa’, pero por dentro pasan muchas cosas», confiesa.

Durante años intentó diferentes caminos. Cirugías en su pie, tratamientos, intentos por cambiar. Pero no todo llega cuando uno quiere, sino cuando está preparado. Y en su caso, ese momento llegó.

Fue en tiempos de pandemia cuando algo hizo «clic». La terapia, el acompañamiento, sus amigas, su familia y sobre todo, una decisión interna: la de empezar a elegirse.

Así comenzó un proceso que cambiaría su vida

En agosto del año pasado dio el primer paso en la policlínica bariátrica de Camdel. Un equipo multidisciplinario la acompañó en cada instancia, no solo desde lo médico, sino también desde lo humano. Porque, como ella misma destaca, este no es un cambio estético, es un cambio de vida.

El 27 de noviembre de 2025 marcó un antes y un después.

«No dormí la noche anterior. Para mí era un nuevo nacimiento», recuerda emocionada.

Y así lo vive. Porque desde ese día, Leticia empezó a reconstruirse. A aprender nuevamente a comer, a escuchar su cuerpo, a respetar sus tiempos. Como un bebé que da sus primeros pasos, transitó cada etapa con paciencia y compromiso.
Los cambios no tardaron en llegar. En pocos meses, más de 30 kilos menos. Pero el verdadero cambio fue otro.

 «Volví a sentirme feliz. A mirarme al espejo, a querer ayudar», dice.

Hoy se mueve con más libertad, juega con su sobrina, hace ejercicio, comparte experiencias con otras personas que atraviesan el mismo proceso y se convirtió, sin proponérselo, en un ejemplo.

Porque su historia no es solo de transformación física. Es una historia de superación, de aceptar heridas, de entender que la obesidad también es una enfermedad que necesita ser comprendida, acompañada y visibilizada.

También es una historia de valentía. De animarse a tocar fondo para volver a salir.

Leticia lo dice con claridad: nadie está solo. Y lo demuestra cada día, tendiendo la mano a quienes hoy están donde ella estuvo.

«La vida me dio una segunda oportunidad»

Y la está viviendo, con alegría, con orgullo y, sobre todo, con amor propio.

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