28.04.2022 Universal Bicicletas: un aprendizaje diferente de mameluco y manos engrasadas

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Universal Bicicletas

Por Omar Guillén

Hace ya algunos años en estas mismas páginas tuvimos recuerdos para comercios emblemáticos de Minas y citamos los casos de Machado Hnos, Izeta y Quirici y Casa Morosoli. Hoy queremos ir por otro camino aunque con recuerdos de comercios de menor volumen que los mencionados pero no menos importantes para el Minas de la década de los años ’60.

Comencemos de momento claro está por el que más conocí y que fue Universal Bicicletas de Isidro Miguel y Monona De Armas en calle 18 de Julio Nº 772 entre Williman y Sarandí. A ese lugar ingresé a trabajar, mejor dicho a no perder el hábito por el trabajo como me dijo mi padre. Y sí, fue sin cobrar sueldo, por cuanto era solo eso no olvidarme del laburo y seguir estudiando a nivel de liceo por aquel entonces. Sin duda hoy doy gracias mil a mi querido padre por ese hecho y por esa forma de encarar las cuestiones de la vida. Para él, el laburo era básico en el ser humano, lo practicaba y lo inculcaba a los demás, en mi caso como hijo.

Universal Bicicletas dedicaba su mayor potencial en reparación de bicicletas que en aquellos tiempos, eran la mayoría de los vehículos de los minuanos, venta de repuestos de las mismas. Reparación de cocinas y estufas a queroseno, service para gran parte de Minas y además soldaduras de alta tecnología en el momento como ser parte de motores de autos y demás vehículos en materiales como bronce, plomo y hierro fundido como se le decía por entonces. Soldaduras con la autógena con los tubos de oxígeno y acetileno, eran la base y el crack en ello era Ortega, un maestro que mucho me enseñó, aunque siendo sincero le tenía miedo a esos aparatos y soldar no era fácil en aquellos tiempos. Algo duro y riesgoso en gran medida, al menos así lo veía yo.

Después estaba en la planta baja el taller de bicicletas con el inolvidable Antonio Bernales, ciclista, jugador de básquetbol, incluso de la Selección, pero en su querido Salus. Sus manos hicieron maravillas con las bicicletas de aquel entonces, incluidas las pesadas de reparto y las que tenían en las farmacias.  Lo acompañaban el petiso Gómez con quien nos entreteníamos en los momentos de menos trabajo, el Mudo Martínez un fenómeno en la soldadura de los elementos de bicicletas que así lo requerían, pero también especialista en pulido de las soldaduras, sordo mudo pero se hacía entender y era querido por todos. Oriol Pereira, el gordo para nosotros, alegre, chistoso y un crack en la preparación y limpieza de las cocinas a queroseno y estufas.

Luego de un pasaje por el mostrador ayudando a Monona, fundamental, fui al taller para seguir creciendo, me incliné por las cocinas y demás integré el equipo de Pereira con otros muchachos que no recuerdo bien sus nombres, pero los tengo igualmente en el corazón. Allí como quien dice hice carrera y las enseñanzas de Pereira fueron fundamentales por cuanto la mayoría de los arreglos se hacían en los domicilios y/o comercios, como restaurantes por citar uno, el de Abelardo Uriarte en calle Domingo Pérez, domicilio de la familia Suárez en calle Roosevelt donde se elaboraban comidas y demás domicilios particulares que se cumplía con el servicio de cocinas que vendían varios comercios como Belderrain por citar uno.

Llegó el momento que se entendió que estaba capacitado y me pusieron al frente de uno de los equipos exteriores, digamos, y con el querido Daniel Urtiaga comenzamos a cumplir los pedidos que llegaban por decenas mediante el teléfono o directamente en el local. Y fue allí cuando Monona un día me dijo «a partir de hoy guste o no a tu padre («el Negrito», como le decían), vas a cobrar como el resto, un porcentaje por la reparación, arreglos y además por la venta y colocación de repuestos que hagan». La verdad que me fue bárbaro, todos los sábados tenía la mía como se decía, todo anotado en libretas que estaban a un lado de la caja registradora de color rojo, que estaba en un lugar clave del mostrador. Uno a uno de los empleados al terminar un trabajo hacía anotar lo que se cobraba y se nos anotaba en la libreta personal e intocable para el resto. Yo era un privilegiado del lugar, por la amistad con la familia Miguel – De Armas y pasaba siempre bien, más allá de las contingencias del laburo.

Las bromas y las llamadas «jodas» eran tremendas y siempre encabezaba las acciones en ese sentido, las clásicas colas con llamativas inscripciones, «pegue acá», «puede llamar a cualquier hora» y colocábamos el número de teléfono, en fin, era algo variado y creaba algunas situaciones de altercados, fundamental con el Mudo Martínez, Ortega intocable, sin duda era el encargado de todos.

El trabajo era duro por la cantidad de gente que estaba ligada a Universal Bicicletas, recordemos que las farmacias tenían no menos de 5 a 10 bicicletas para los repartos y muchas de ellas venían de allí. Hablamos de Farmacia Somma, Arequita, Garmendia Sabía, Serrana, Farina entre otras. También de almacenes y verdulerías, se laburaba desde la mañana a la noche y muy tarde por cuanto se hacía pinturas de bicicletas, donde Bernales era el número uno. Se hacía soplete y el olor te dejaba mal muchas veces.

Quizás me queda en el tintero algún nombre de compañeros de aquellos lejanos tiempos, uno más que me surge ahora es el «Flaco» Figueredo que también integró el grupo de trabajo de ese lugar que tanta incidencia tuvo en su momento en la parte comercial y laboral de un Minas incipiente, en ese sentido, en aquellos tiempos lejanos, pero hermosos y donde nos fuimos formando de alguna manera con bases sólidas más allá de las dificultades. Gracias por el momento y poder de alguna forma contarlo, lógicamente a mi manera.

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