Hugo Rodríguez Pimienta: «La Calaguala y otras hierbas»

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Hugo Rodríguez Pimienta La Calaguala y otras hierbas (7)


Por Karina Núñez

Como dice la letra de Daniel Viglietti, «así, al pardear de la tarde, en Minas suele verlos pasar. Van como las lavanderas, con un atado grande encima ‘e la cabeza. Son los calagualeros. Vienen de la sierra, sin perro, ni chiflido, cuidándose ‘el estanciero y la uña ‘e gato, llegan a las quebradas más feas, donde la víbora y la espina amarilla. Allí está la calaguala. En una arpillera húmeda, atada con unos tientos de envira, la van acomodando ese helecho salvaje que no florece nunca, termina escondiendo su verde entre las flores puebleras. En lo más hondo del cerro, allí te voy a buscar, donde se enreda la sombra con la crucera mortal».

HUMILDE Y TRABAJADOR

Humilde y trabajador, nuestra historia de vida sin duda es parte de esta letra, nacido en Minas y toda su vida dedicada a juntar calaguala y también hierbas medicinales. Lo conocemos desde hace muchos años, siempre ha sido un hombre perfil bajo, pero que tiene grandes conocimientos en lo que se dedica.

Hugo Washington Rodríguez Pimienta, nació el 16 de setiembre de 1960 en Minas, primera sección. Llegó a un hogar que estaba conformado por su mamá y nueve hermanos, «nos crió mi madre, porque mi padre me abandonó de un año y medio, más o menos. Soy el séptimo, hay dos mujeres mayores que yo. Fui a la escuela 10 de la Filarmónica, que es donde nací. Después nos mudamos para cerca del cementerio del Este y fui a la escuela 12. Pero debo decir que estuve en la escuela hasta tercer año, después por diversos motivos, dejé y a los 40 años de edad, en el año 2000, a través de un proyecto, decidí terminar la escuela primaria, debía ser con una maestra que estuviera trabajando y ahí salió, me preparó la maestra en tres clases, no precisó más, porque me dijo que sabía todo».

Le preguntamos si era algo pendiente que tenía y nos dijo «sí, en realidad todos me decían que tendría que estudiar, porque si un día quería conseguir un trabajo diferente al mío iba a ser difícil que me dieran, porque no tenía la primaria terminada».

DESDE MUY TEMPRANA EDAD

Hugo recuerda que a los 10 años, «arranqué a vender diario y lustrar zapatos en la plaza de Minas. Después estuve trabajando en los hornos de ladrillo y en el año 1972, a los 12 años de edad, comencé a arrancar calaguala, que fue el inicio de mis conocimientos sobre las hierbas medicinales y hasta el día de hoy sigo en eso. Un hermano fue quien lo llevó a ese mundo de las plantas, me ha enseñado mucho mi hermano y con este trabajo, crié nueve hijos».

Le preguntamos a Rodríguez dónde eran los lugares que se juntaba en aquel entonces la calaguala y nos contó «nosotros andábamos mucho por el Salto del Penitente, Carapé, Villa Serrana, el Pororó al lado de Aiguá, Marmarajá, toda esa zona. Hasta que en el año 85 vino la exportación de calaguala, que se exportaba a Alemania y a España y ahí arrancamos a salir más lejos, empezamos a ir para el lado de Rocha, íbamos todo lo que era la zona de la costa, las playas, dentro de los montes de eucalipto y de acacia. Juntábamos calaguala hasta en la Barra del Chuy, Cerro Pelado, Barriga Negra, para el lado de Polanco, Aguas Blancas».

«La calaguala no sé bien para qué era que la exportan, porque no solo exportaban la palma, o sea, la hoja, sino que después se arrancó a exportar la batata, que es donde se reproduce ella. Y la hicieron andar en Centroamérica, porque acá lo que se usa es para arreglos florales y las coronas que se hacían».

Recuerda que cuando la exportación, «habíamos más o menos unos 300 calagualeros y habíamos trabajando entre caragualeros mujeres que eran las que clasificaban y jóvenes también. Quizás había unas 600 personas trabajando y realmente daba para vivir bien, porque una persona que junta, y puede juntar a destajo, cuanto más junte, es mejor y más gana».

El calagualero, está acostumbrado a trabajar alrededor de cuatro horas en la mañana y tres o cuatro en la tarde y en aquellas épocas, «nos quedamos toda la semana, de lunes a viernes, íbamos con colchones, carpa, alimentos y los viernes nos traían con la carga, hasta el lunes que nos íbamos de vuelta».

EN EL CAMINO

Nuestro entrevistado, dijo que en el año 92, terminó la exportación y después «seguí en la calaguala, porque se siguió vendiendo para el mercado de acá, de Montevideo y las florerías. Ahora en la actualidad, quedamos más o menos unos doce calagualeros, más de eso no va a haber, se ha perdido y los que estamos somos veteranos».

En tiempo de invierno, dijo que «es más complicado recolectar, porque la calaguala tiene dos brotaciones por año. Una empieza a brotar en setiembre, que es la primera, que es la primavera, y se apronta a mediados o fines de octubre. Después arranca en febrero la segunda brotación, que es la brotación de otoño, y se apronta a mediados de marzo. Después durante el invierno no hay, y el problema que tenemos es que la helada la quema y los animales la comen».

OTRAS PUERTAS ABIERTAS

En lo que refiere a las hierbas medicinales o yuyos, como muchos le dicen explicó que «eso es como otro mercado, ese mercado me abrió las puertas en el año 2000, cuando vino la crisis. El perito agrónomo, que es fallecido ahora, Julio Martínez Lup, daba charlas en el centro de barrios y enseñaba sobre huertas orgánicas, entonces me llamó para irle agregando al grupo otros conocimientos, y así arrancamos con él y de ahí se va dando todo, porque en donde está ahora el local de Tata, Julio Martínez realizó una feria de productos orgánicos y ahí junto con Quintín Melgar, y sus árboles nativos y plantas nativas y Miguel Pimienta con la miel, exponíamos y vendíamos. Se empezó a invitar a PODU que es la Asociación del Productor Orgánico del Uruguay, a CEUTA, el Centro de Estudio Uruguayo de Tecnologías Apropiadas que trabajan todo lo que es medio ambiente, hierbas medicinales, y controlan todo ese tipo de cosas y a travès de la gente que acudió comenzamos a compartir el conocimiento sobre las hierbas con otros grupos. Empezamos a conocernos con gente de San José, Canelones, Tacuarembó, Salto, de montones de lugares y nos ofrecen ir al río Queguay, donde estábamos  investigando sobre las plantas, y escribiendo un libro de plantas medicinales que se llama ‘Cosecha Caminante’. Debemos decir, que de un tiempo a esta parte, las hierbas medicinales se han comenzado a utilizar más», y Rodríguez Pimienta, asegura, «nos vamos a las raíces de vuelta».

EN EL CERRO DEL VERDÚN ESTÁ CADA FIN DE SEMANA

Nuestra historia de vida todos los fines de semana está en la falda del Cerro del Verdún, al igual que los días feriados, allí tiene todas las hierbas medicinales, en perfecto estado, algunas envasadas y otras de manera silvestre, también a voluntad ofrece bastones para subir el cerro, pero también vende velas, miel y otros artículos.

Nos cuenta que las hierbas las sigue consiguiendo en Lavalleja, aunque a veces del lado de Rocha también y de Maldonado, donde hay hierbas que acá no hay.

Cuando le preguntamos qué es lo que más pide la gente, nos dice «marcela, congorosa, arazá, quiebra piedras, doradilla, que es para el estómago, para la gastritis, la carqueja, el marrubio y el sarandí blanco que también es muy llevado».

También nos motivó a preguntarle si es de los que cree que realmente hacen efecto las hierbas y nos afirmó que «sí, porque la mayoría de los que tengo, los he probado y sé que curan, e incluso hay hasta hierbas para curar el cáncer. Lo que pasa que a la industria farmacéutica, no le sirve decir».

Debido a eso, a Hugo le preguntamos si gente con cáncer, acude a pedirle que le de una mano y nos hizo varias anécdotas, entre ellas, «la de una niña, hace muchos años, quizás era en el 2013, quien había nacido con un tumor en el cerebro, estaba ciega y le daban convulsiones. Le empezaron a dar esa hierba que les recomendé y Dios hizo el milagro».

De igual manera, Hugo dice «hay enfermedades que las hierbas sabemos que no las puede curar, por ejemplo a la persona que tiene artrosis, pero sí se puede mejorar la calidad de vida».

A Hugo le preguntamos si alguno de sus hijos siguió su camino o si tienen esos conocimientos, por lo que nos dijo «conocimiento tienen, pero estoy casi seguro que va a heredar todo esto, una nieta, a la que le gusta mucho este tema y se interesa».

«HE SIDO FELIZ, HACIENDO LO QUE ME GUSTA»

Este humilde trabajador de todas las horas, está para ayudar, para brindar sus conocimientos, porque afirma «plata no pretendo hacer, ni quiero hacer, si una persona precisa un yuyo y no tiene el dinero, se lo doy igual, porque lo está precisando».

Hugo no está jubilado, «cumplí 65, pero el tema es que no tengo aportes a la caja, porque toda mi vida me dediqué a esto y siempre trabajé por mi cuenta».

Rodríguez, tiene una compañera de vida, con la que están pensando seriamente en ir a España, debido a que sus hijos están allá, y sería una posibilidad de probar suerte en su rama, admite.

Por último, le preguntamos la clásica antes del final, si su vida, le ha traído felicidad y nos contestó que «sí, porque estoy en lo que me gusta, tanto en la calaguala, como en las hierbas y si me preguntas si pienso dejar de hacerlo, te diré, que en algún momento, pero será, cuando ya no pueda conmigo», finalizó.

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