Un minuano que nunca dejó de serlo

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Pablo Tellechea

Por Karina Núñez

Pablo Tellechea nació el 14 de abril de 1977 en la ciudad de Minas, en el seno de una familia de cinco hermanos, siendo el menor de todos. Su infancia, como él mismo la describe, fue «la base de todo» entre calles compartidas, vecinos atentos, madres que cuidaban a todos los gurises como si fueran propios y un barrio que era el Zamora donde la vida se construía en comunidad.

Aquellos años marcaron su forma de ver el mundo. Entre juegos, adolescencia y primeros trabajos, se fue gestando el joven que años más tarde tomaría una decisión tan valiente como desafiante.

El salto al mundo, con amor y esperanza

En 1997, siendo apenas un joven uruguayo cargado de sueños, decidió emigrar. Primero lo hizo por una misión religiosa a Paraguay, pero ese viaje se transformó en el inicio de una nueva vida en Estados Unidos.

No se fue solo, sino que lo hizo junto a su esposa Giovanna y su pequeña hija, fruto de ese amor joven y valiente, quienes emprendieron la aventura de empezar de cero. Como tantos inmigrantes, llegaron sin certezas, pero con una convicción firme que era construir un futuro mejor.

El camino no fue fácil. Trabajos, sacrificios y largas horas marcaron los primeros años. Pero Pablo y su compañera entendieron que no habían cruzado fronteras solo para sobrevivir, sino para crecer. Se formaron, estudiaron y apostaron a algo más grande.

Hoy, 24 años después, aquella pareja joven es una familia numerosa, con seis hijos que son el reflejo de una vida construida con esfuerzo, valores y amor.

Una voz uruguaya en tierras lejanas

Con el tiempo, Pablo encontró su camino en el periodismo. Hace más de dos décadas trabaja en radio, desarrollando una carrera que lo llevó a convertirse en corresponsal de la radio pública en Utah, participando en más de 150 emisoras bilingües en Estados Unidos.

Desde allí, no solo informa, también construye pensamiento crítico, una herramienta que según él mismo reconoce nació en las aulas de Uruguay.

Ser inmigrante no fue sencillo. «Somos minoría de la minoría», expresa. Pero su identidad nunca se diluyó. Al contrario, la reafirmó: «Soy uruguayo, pero sobre todo, soy minuano».

El regreso: una caricia al alma

Después de 24 años sin pisar su tierra, Pablo decidió volver. Esta vez no solo para reencontrarse con su historia, sino para compartirla con sus hijos.

Fue un viaje familiar cargado de significado. Un regreso para mostrarles de dónde vienen, para que conozcan los olores, los sabores, los sonidos y esas pequeñas cosas que hacen única a una tierra.

Minas lo recibió diferente, pero intacta en su esencia. Y él también volvió distinto. Porque el tiempo transforma, pero no borra.

El reencuentro con su gente fue profundamente emotivo, con profesores que marcaron su vida, vecinos, amigos. Rostros que despertaron recuerdos y lágrimas. «Fue una caricia al alma», confesó.

Contar historias para dar voz a los invisibles

Durante su visita, Pablo también presentó en Casa Lorca un documental de su autoría, centrado en la vida de los inmigrantes jornaleros en Estados Unidos, donde hombres y mujeres que sobreviven en la informalidad, expuestos a abusos y vulnerabilidades.

Su trabajo pone luz donde muchas veces hay silencio. No juzga, sino que invita a reflexionar. Porque para él, el periodismo es eso, generar pensamiento, abrir miradas, incomodar cuando es necesario.

Volver sin irse del todo

Pablo no piensa radicarse nuevamente en Uruguay. Su vida, sus hijos y su presente están en Estados Unidos. Pero este regreso dejó algo sembrado, el deseo de volver, de no perder el vínculo, de mantener viva la raíz.
Sus hijos, que conocieron por primera vez la tierra de sus padres, también se llevaron algo de esa identidad que no se explica, sino que se siente.

El valor de lo simple

Si algo le dejó este viaje, fue la reconexión con lo esencial, una charla en la vereda, un mate compartido, el ruido de una feria, un choripán a cualquier hora.
Cosas simples que, vistas desde lejos, se transforman en tesoros.

Una historia que sigue

La vida de Pablo Tellechea no es solo la historia de un inmigrante. Es la historia de un soñador, de un padre, de un comunicador, pero sobre todo, de un minuano que nunca dejó de pertenecer.
Porque hay lugares que no se abandonan nunca.
Y hay raíces que, por más lejos que uno vaya, siempre encuentran el camino de regreso.

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